Santos

ABC. Edición Sevilla. 05-12-2021, pág.8.

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ANTONIO GARCÍA BABEITO.

Celebras conocer a gente que es importante por lo que hace o por lo que es, nunca por lo que tiene.

Desde niño hemos tenido propensión a celebrar la cercanía con alguien importante, famoso, destacado en cualquier tarea de la vida. Tú presumías de que tu padre era amigo de un compañero de guerra suyo que había llegado a capitán, y el día que supiste que iba a venir con su mujer a tomar café con tus padres, se lo contaste a todos tus amiguillos: «Hoy viene a mi casa un capitán que estuvo en la guerra con mi padre…» Más tarde, celebraste conocer al primer novillero, y al primer futbolista, y al primer periodista de la radio o del periódico; y a un guitarrista, y a un escritor, y a un maestro, y a un químico… Has admirado y admiras a toda persona que haga lo que tú no eres capaz de hacer, y celebras conocer a gente que es importante por lo que hace o por lo que es, nunca por lo que tiene. No te llevaron a la genuflexión ni los dineros ni el poder, pero sí artistas, hombres honrados, inteligentes, resolutivos, capaces de levantarse de un suelo de clase humilde y llegar a las alturas sin necesidad de pisar a nadie. Y a gente buena. Lo tienes claro: «Quien no me sirve como persona, no me sirve.»

Son dos, y a los dos los trataste mucho, los quisiste mucho, los admiraste mucho y te fueron muy útiles, aunque algunas veces tú no veías la utilidad, por tu propia torpeza. Son dos. No recuerdas a cuál conociste primero. Sí sabes que los dos eran religiosos. Hasta la llegada de estos dos amigos, tu debilidad por alguien culto, inteligente y bueno la tenías, ya hecha recuerdo, en la persona de un paisano que era más de treinta años mayor que tú y que quizá podría formar terna con estos dos, aunque no fuera religioso de hábito. Tomás tenía talla humana y bondad suficiente para no desentonar entre estos dos, Leonardo y José Luis, a los que hoy ves con alegría cómo van acercándose a los altares. Uno, andaluz, Leonardo Castillo; el otro, castellano, José Luis Gago. Andan ahí entre papeles de beatificación —como podría andar Tomás—, a la espera de pruebas, testimonios y decisiones. A los dos subirías a los altares, porque sabes de más —porque lo viviste muy de cerca— que eran santos, aunque nunca hubiesen vestido sotana. Un cura —un curita, como decía él— que vivía para la caridad y aquella alegría divina con la que lo hacía todo, y un dominico que llevaba a Dios en el rostro como mascarón de proa. Comparas y ganan de sobra, porque ni fama, ni poder, ni arte, ni nada puede más que el corazón de estos tres, dos de los cuales van camino de los altares. A los tres les has rezado alguna vez, porque a los tres los consideraste santos cuando los milagros los hacían todos los días, entre la gente necesitada. Y celebras y agradeces el haber estado tan cerca de gente tan buena.