Apenas abrimos los ojos a la mañana
buscamos ansiosamente
las imágenes del mundo forastero.
Y así, con los ojos bien abiertos,
pasamos el día distraídos,
atraídos por lo que rueda en vértigo
más allá de nuestra mirada.
Llega la noche
y cerramos los ojos para el sosiego.
¿Por qué no nos sentamos
dentro de nosotros, en nuestro pozo íntimo
y miramos su fondo?
Veríamos la cara silenciosa, pero viva,
de nuestra propia conciencia.
