Muchos nos proclamamos hombres de bien,
porque no hay sangre ni violencia,
tortura o extorsión en nuestras manos.
El hombre de bien es, sin embargo,
mucho más que no herir o difamar.
El bien es permanente,
activo, generoso,
abierto, universal.
En las grandes acciones,
en los pequeños gestos,
en el talante habitual,
en el trato sencillo,
en palabras y acciones.
Siempre y con todos,
hombres de bien.
