Es ley de Dios que tú y yo nos amemos.
Es fuerza que me ayudes y te ayude.
Nadie es tan indigente que no tenga algo que dar;
nadie tan rico que no sienta
necesidad que otros puedan colmarle.
Yo no puedo andar sin el cayado de tu brazo
y tú sin el del otro o sin el mío.
Nadie lo tiene todo y nadie nada.
Por eso hemos de dar lo que tenemos
y lo que no, pedirlo humildemente.
