¿Qué hacemos de la fe:
la que heredamos, como rica fortuna,
de quienes nos mostraron su propia vocación?
Amparamos nuestro abandono
en el fácil pretexto de que es cosa de críos
creer, rezar, servir у proclamar al Dios que nos creó.
¡Oh ingenua presunción, contagio adolescente
de quien siente vergüenza
de confesar su fe y vivir su religión!
No hay milagro ni don que más nos ennoblezca
como el de tener sitio en la casa de Dios.
