Nadie puede tirar sobre su hermano
la piedra brutal de la condena,
pues lo mismo, o más, que en él censuras
es defecto que vendes con descaro.
¿Quién te hizo juez? ¿Quién te autoriza
a dictar la sentencia de castigo?
Si supiéramos por qué, en qué circunstancias
se vio enredado aquél a quien criticas,
no habría menosprecio, excomunión
en tu corazón soberbio.
Es mejor renunciar a la razón, si la tuvieres,
que perder el amor y la benevolencia.
