Dios tiene prisa.
Mas no para el juicio riguroso
o el castigo temido.
Dios tiene prisa solamente
para la conversión del pecador,
para el retorno del pródigo,
para el encuentro con el hijo descarriado,
para estrechar sus relaciones con sus hijos.
Esta prisa de Dios
es fuente de esperanza inmarcesible,
de gozo sin límite.
