Cuando un pobre te diga:
«Que Dios se lo pague, hermano»,
piensa que no es una expresión artificiosa
sino un resumen, dolorido en sus labios,
del evangelio entero.
Esa voz mendicante nos recuerda
toda la teología del amor.
Es, en su boca,
una apresurada oración
que lloverá bendiciones sobre tu cabeza.
«Porque tuve hambre
y me diste de comer,
entra en el paraíso».
Dilata tu corazón
y hallarás recompensa incorruptible.
