Dios no quiere la muerte,
el hambre ni la guerra;
son éstos
frutos que llevan el sello de los hombres;
ellos —nosotros— los causan y fabrican
por no vivir del bien y del amor.
Dios no interviene,
se resigna a verlos crecer sobre la tierra
plantados por la libertad falsificada
de este ser desconcertante que es el hombre.
De Dios, sólo el bien.
Del hombre, el bien y el mal.
