2 noviembre
El polvo a que han quedado reducidos
los cuerpos de los vivos
no es un polvo infecundo.
Es más bien un puñado de esperanza
en la resurrección del primer día
a una vida gozosa, interminable.
Sólo así la muerte tiene sentido.
Hoy pensamos en los fieles difuntos
y se nos hiela la sangre
al pensar que por ese trance pasaremos.
Sólo la confianza en la resurrección gloriosa
atenúa el inevitable temor ante la muerte.
