Después de un enfado
con la familia o con las amistades;
después de haber perdido los estribos,
y una vez calmada nuestra irritabilidad,
comprendemos el mal ocasionado
y el malestar sufrido.
Quisiéramos borrar aquel enfrentamiento
y haber afrontado de otro modo
la discusión o el intercambio de opiniones.
No perdamos el temple ni el respeto.
El diálogo sereno,
la mutua aceptación de reflexiones
tiene más fuerza que la conversación crispada.
