Nadie nos ha enseñado
a disfrutar de la vida,
a gozar de la luz,
a saborear la hermosura.
Son vivencias innatas,
profundas, radicales
que nacen con nosotros
y con nosotros crecen.
Lo mismo ocurre con el amor de Dios.
No hace falta aprender.
Bulle en nosotros mismos
la filial dependencia,
la inclinación y la necesidad
de volvernos a Él sencillamente.
Dios contigo; tú con Él:
una relación dignificante.
