El parapeto de nuestra mediocridad
solemos levantarlo con excusas
de que el mundo va mal,
de que la sociedad nos tienta.
Pero San Pablo dice:
«Ni la muerte, ni la vida,
ni las cosas presentes;
ningún poder, ni criatura alguna,
podrá separarnos del amor de Dios».
No busquemos pretextos al olvido de Dios.
Es cosa nuestra.
