No seas iracundo,
no fustigues con rabia,
no provoques la cólera,
no insultes, no desprecies, no riñas.
El volcán de tu ira
debe estar taponado,
pues las brasas,
si brotan de tu boca,
llagan el corazón,
humillan la dignidad.
Mansedumbre y paciencia,
son el escudo que quebranta
cualquier provocación.
