No seas impaciente en tu oración:
que el oído de Dios siempre está abierto.
La oración no es un golpe de fortuna
o un resorte de automática respuesta.
La oración es constancia y confianza,
es fe a machamartillo,
perseverancia en el ruego.
Si quieres el pan de cada día,
cada día lo tienes que pedir.
Entre tantos minutos malgastados
algunos, por lo menos, se los «merece» Dios.
