Miniaturas 115

Si quisiéramos repartir más simpatía
entre quienes conviven con nosotros…
Si intentáramos afinar la voz y el gesto
cuando con éste o con aquél hablamos…
Si supiéramos perdonar su poco tacto
o aquel duro reproche momentáneo…
Si sacáramos las manos de los bolsos
abriéndolos sin miedo al que nos pide…

El suelo endurecido que pisamos
volvería sin duda a ser gozoso paraíso
donde Dios pasearía delante de nosotros.

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