Miniaturas 167

Los niños pequeños
no llevan reloj en la muñeca.
Jamás tienen prisa.
Hay que andar detrás de ellos
para que lleguen al colegio puntualmente,
a la hora de comer o de acostarse.
Y son felices. No viven el agobio
de las prisas, la urgencia, el nerviosismo
que los mayores sufrimos con ansiedad.

Nos arrolla el trabajo, el negocio.
«Si no estoy yo» —pensamos—
no se resolverán las cosas.
Y vamos por la vida
como ruedas en vertiginoso giro.

Nada es tan urgente —dice el refrán—
que no pueda esperar veinticuatro horas.

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