Miniaturas 204

Alguna vez —a algunos de por vida—
nos llega la hora amarga
de una enfermedad.
No hay cuerpo invulnerable.
Postrados y febriles
pensamos que la vida se nos va sin remedio.

No es tan malo sentir temporalmente
la flaqueza del cuerpo. Nos recuerda
que la salud es un don
—como la vida— regalado.

Cuando te llegue el dolor, ofrécelo.
Y, ya recuperado,
visita a los que sufren
y da gracias a Dios
por seguir viviendo gratuitamente.

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