Los nazarenos,
los de su propio pueblo,
desconfiaban, no creían en Jesús.
«¿No es el hijo del carpintero?»
Y se maravillaba Jesús de su incredulidad.
Cristianos que con Él convivimos:
¿por qué es tan endeble
la fe que decimos confesar?
Conversamos con Él, con Él comemos,
compartimos camino y andadura.
¿Cómo es tan insegura,
tan poco contagiosa nuestra fe?
¿Se nos podrá aplicar lo de que
«al que no tiene, aun lo que tiene se le arrebatará»?
