Con tenue pulsación
acaricia el pianista las teclas del piano.
Cada una produce su sonido
como respuesta melodiosa.
Así, sin violencia, sin golpes ni zarpazos
tenemos que pulsar
las cuerdas armoniosas de cada hombre.
Su respuesta será tan agradable
como lo hayan sido tus palabras.
Si dulzura, dulzura,
si grito, grito.
Acarícialo todo
y obtendrás respuestas placenteras.
