
El Padre Gago fue un gran amante de la lectura, y siempre tenía un libro sobre la mesa o entre sus manos. Y él, que veía al Señor en cada rincón, no dudó en dar gracias a Dios por ellos:
«El libro, cofre donde duermen millones de palabras que dan sentido al pensamiento humano y cauce por donde circula el viento incontenible de la libertad.
El catón de mi infancia, el primer catecismo, el atlas de geografía, las mil mejores poesías… Tantos libros que a paso ligero fueron llegando, con los que crecimos y fueron cómplices de nuestros itinerarios.
Te alabamos Señor, por este don, y te damos gracias por algo tan sencillo como saber leer.»