El hombre está pendiente
de múltiples negocios.
Tiene tanto trabajo,
tan graves preocupaciones,
que, cuando llega a casa,
olvida dar el sueldo de amor y de caricia,
a los que con él forman la vida familiar.
Nos vamos olvidando del principal deber.
Llenar, no de dinero, de amor,
el propio hogar.
La perfección humana,
la paz realizada, se basa en el amor.
Y este amor se siembra y se recoge,
hora a hora, tras la puerta de casa.
Entre los tuyos.
