
El Padre Gago nunca se lamentaba del peso de su propia cruz y cargó con ella negándose a sí mismo porque quiso seguir a Jesús.
Sabedor de que sin cruz no se llega a Dios, su mirada estaba puesta en aligerar las cruces de muchas personas que Dios puso en su camino. Su bondad le hacía ver a quienes necesitaban ayuda para sostener la suya.
Cuentan quienes le conocieron que la puerta de su despacho siempre permaneció abierta: Para cargar con la cruz de la soledad del que se sentía ignorado. Para cargar con la cruz de la tristeza de quien se acercaba a él afligido. Para cargar con la cruz de la enfermedad del hermano doliente.
Cuántas veces en su vida, Jesús se volvió a mirar al Padre Gago, como a Simón de Cirene en el camino del Calvario, al cargar con la cruz de los demás.
Padre Gago de la misericordia, intercede por nosotros, para que seamos Cireneo de nuestros hermanos.