
Podemos ser trabajadores excelentes por nuestro buen hacer en el desempeño de nuestras funciones, y es loable que así sea, pero si esa excelencia se reduce únicamente al terreno laboral y no alcanza nuestras relaciones de familia, si solo ponemos el foco en lo urgente y no en lo importante, nuestra vida está desenfocada.
Las vacaciones estivales son un tiempo que no solo nos permite alejarnos del estrés y recuperarnos del cansancio acumulado. Son una oportunidad para enriquecer el cuidado y la presencia familiar.
No se necesitan grandes viajes ni lujosos proyectos. Tan solo planes sencillos y alegres. Así nos lo dejó escrito el Padre Gago:
«No te ciegue el trabajo.
Tu mujer, tu marido, tus hijos o tu madre
esperan algo más.
Necesitan cambiar, salir,
conocer otros mundos que el de la casa cotidiana.
Una salida al campo, al parque o al paseo,
la merienda en la cafetería,
el cine del domingo, el teatro o la iglesia,
la visita al familiar distante,
la tarde en casa del amigo común…
Es tonificante y saludable
dejar cada semana
la vida rutinaria del rutinario quehacer.
Salid. Divertíos. Sanamente.»
(“Miniaturas 206”)
Padre Gago, ayúdanos a que la familia sea siempre nuestra prioridad.